Lágrimas para Esperanza

Nadie la había visto llegar pero allí estaba, inmóvil, sentada en una esquina de la plaza. La frente doblegada, los ojos a la deriva. Sus ropas ajadas, aunque impolutas, rozaban tanto el suelo como la punta de unos dedos insignificantes que se abrían paso entre las cinchas de sus sandalias. Dos tiras de petróleo trenzadas hacia la nuca reverberaban los rayos de sol y cegaban a los curiosos. Y su tristeza, la más intensa que nadie hubiese visto jamás, era tan hechizante que todo el que pasaba por delante frenaba en seco sólo para poder contemplar a la chica desconocida.

Algunos seguían su camino después de observarla sin tapujos, mentes inmersas en cotidianeidades, aspirantes a necios armados con anteojeras. Otros, los menos, se acercaban temerosos, como si la chica de las trenzas pudiese levantar el rostro y clavarles la mirada hasta matarles. Y, en cuestión de segundos, todos desaparecían de nuevo sin haber hablado siquiera con ella, con una sonrisa en la boca y ajenos a los ríos de pena que derramaban las pupilas de la muchacha.

Tenía las manos escondidas en el regazo cuando él la vio. Sostenía algo con tanta fuerza que sus tendones parecían más robustos que el propio brazo. No tardó en reconocer el envase de latón deslucido que, como si de un imán se tratase, le había polarizado muchos años atrás. La misma caja y la misma chica que le hipnotizaron en el pueblo que le había visto crecer. La misma persona y el mismo objeto que habían sido últimos testigos de su huída, del inicio de una nueva vida libre de ataduras y cargada de ilusiones.

Cerró los ojos por un segundo y se encontró de nuevo entre casas encaladas y buganvillas. El ruido de los caños de la fuente, las campanas de la iglesia, su madre sudando los productos de la huerta, su padre ralo y ajumado, los chiquillos en la plaza armados con tirachinas y vocablos lacerantes. Había jurado no volver a pensar en el pueblo ni en todo lo que dejó atrás. Pero ella le había empujado al pasado. A ese pasado que no quería recordar.

Tenía 16 años cuando escuchó a las mujeres que volvían del mercado que una niña misteriosa había parado a descansar junto a la fuente. Que llegó sola, que no hablaba, que tampoco pedía, pero que todo el que se le acercaba volvía a casa con las preocupaciones de un recién nacido. Contaban que poseía el don de atrapar las penas de cualquiera que mirase sus ojos de ratón, que su alma se impregnaba de la tristeza y las lágrimas del curioso de turno dejaban de atormentarle para traspasar los cuerpos y empañar las pestañas de la niña. Decían que guardaba cada gota en su caja de latón y allí encerraba los desvelos y desazones.

Era lo que él llevaba esperando tanto tiempo. Años de ojos morados y cinturones tatuados, meses de ruindades y desprecios, días de miedos e hipos silenciosos, horas contritas y minutos eternos. Tenía que ir a verla, aunque sólo fuese por decir que, por un momento, pudo haber tenido una vida.

Cuando llegó junto a la fuente ya había varias personas en fila para sentarse a su lado. A ninguno miró a los ojos. Se limitó a llorar junto a ellos, a absorber sus pesadumbres y a limpiar su rostro con la lata. Hasta que le tocó el turno a él.

– Hola. No quiero hacerte daño; sólo quiero saber si existe la felicidad. ¿Tú me puedes ayudar?-, recordó haberle dicho.

Fue la primera vez que ella levantó la vista. Le miró fijamente e hizo temblar cada músculo de su cuerpo con sus iris plomizos. Quería levantarse y salir corriendo, pero tenía las suelas ancladas al empedrado. Había pasado su corta vida viendo en los espejos el reflejo de un rostro empequeñecido por el horror. Pero cada poro de la niña albergaba más atrocidades de las que cualquiera pudiese imaginar.

Entonces ella bajó los ojos y él empezó a ver la luz del sol. Nunca hasta entonces había visto cuán azul era el cielo ni había sentido cómo calentaban los rayos de junio. Nunca había pensado que ese camino que se abría paso entre la jara pudiese llevar directo a la libertad. Sentía la necesidad de levantarse y empezar a caminar, y no puso objeciones a su alma.

Sin mirar atrás caminó cientos de kilómetros entre cardos y guijarros hasta toparse con un letrero descolorido: Esperanza. Entonces sintió por primera vez el cansancio y las vesículas purulentas de sus pies. A lo lejos, el pueblo al que hacía referencia el cartel. Una aldea con casonas coloridas y habitantes risueños, calles mansas y sueños factibles. Su nuevo hogar.

Allí había vivido hasta hoy. Allí había aprendido palabras tan vigorizantes como sosiego, amistad, cariño, ilusión y alegría. Sensaciones que nunca habría imaginado, placeres gratuitos que creía reservados para otros. Allí había aguardado paciente la llegada de esa niña con la que tenía una deuda pendiente. Y ahora la tenía a un palmo de distancia. Podía sentir el olor a azahar de sus cabellos y el azufre de sus uñas. Sabía que ella también le estaba esperando.

Se acercó con paso firme y volvió a sentarse junto a ella, como ya hiciese años atrás. Cogió sus manos y, con un simple gesto, le invitó a liberar la caja de latón.

– Ya has tenido suficiente; ahora me toca a mí. No te preocupes por nada, yo te voy a cuidar siempre. Te prometo que nunca volverás a llorar.-, le dijo.

Temblorosa, desentumeció los dedos sin atreverse a despegar las yemas de la tapa. Volvió a mirarle antes de que él abriese la lata y empezase a supurar todas las penas de la muchacha traspasadas a sus ojos. Pudo ver cómo su piel marchita se tornaba sonrosada y los ojos pasaban del gris al verde en cuestión de segundos. Ella entreabrió los labios y se sorprendió al notar una vibración en la garganta desconocida hasta el momento. Con la cabeza alta y el pecho firme, sus piernas torneadas se irguieron frente al hombre que le ofrecía una vida verdadera. Sabía que nunca volvería a llorar.

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3 respuestas a Lágrimas para Esperanza

  1. Pingback: Lágrimas para Esperanza | Me alquilo para escribir

  2. victormoreno1104 dijo:

    Inspirado, emotivo y preciso. Así es tu relato. Cada uno de tus textos es un pequeño cortometraje emocionante. Lo mejor es tus textos no dejan de crecer, de madurar y de mejorar. Como siempre, esperando tu siguiente historia. ¡ADELANTE!
    KLSM

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