David contra Goliat

Respiraba con dificultad mientras avanzaba por la calle de Alfonso XII con el alma en vilo y los zapatos arrebolados. “Mantén la calma, Carlos. Estas cosas no se cuentan por teléfono“, se convencía. A cada paso observaba esos dos pies que, aún desafiando la velocidad de los neutrinos, sentía pesados y torpes.

Es curioso cómo la vida de las personas puede cambiar en tan sólo un instante. A mediodía Carlos resoplaba hastiado de la rutina que le acompañaba desde hacía siete años como director del Museo Nacional de Antropología. Casa, trabajo, gimnasio, casa. Cada día era igual al anterior. Dos horas más tarde no sabía cómo sería el resto de su vida. Un abismo de incertidumbres y decisiones atropelladas acababa de surgir bajo sus pies. “Mantén la calma”, repetía. La llamada que acababa de recibir ponía el punto final a un lustro de puertas cerradas. Pero también era la llave mágica para una vida nueva.

Atravesaba El Retiro cuando echó la vista atrás. Fue en ese mismo parque, junto al estanque, donde todo había comenzado siete años atrás. Entre hojas caídas y percusionistas con rastas le había declarado amor ciego y sin medida a la persona que ahora le esperaba en casa, ajena a los cambios que se avecinaban. Estar a su lado era igual que el abrazo de una madre. Era dulce, cálido, espeso y reparador. Compartían deseos, aficiones, ideales, silencios y miradas.

Se casaron unos meses más tarde en el mismo parque, rodeados de amigos y pavos reales; entre fuentes, columnas de granito, olmos y pinos piñoneros. Y eligieron una de las calles aledañas para fijar su destino final: la culminación de su amor entre paredes de pladur y fotos enmarcadas. La casa en la que tenían pensado esperar la llegada de la canicie, los frunces en las manos y los deslustres físicos.

Poco tiempo después, las caricias y las ilusiones dieron paso a las noches despiertas, a las preguntas incómodas, a la infinita paciencia elevada a su máximo exponente. Individuos e instituciones externas que de nada les conocían ponían en tela de juicio sus actitudes, su comportamiento intachable, tus capacidades mentales, su autoestima, su genograma y su nivel de comprensión.

Empezó entonces una época de llantos ahogados sobre la almohada, de abrazos rotos, de dudas y temores. Un tiempo de inquisiciones, de miradas despectivas y fobias sin fundamento. Meses espinados de no querer e impedir ser querido, de cafés envenenados con desaires, meses que habrían podido convertirse en lanzas destructivas de no ser porque ambos estaban unidos por el arma más poderosa de todas cuantas haya podido inventar el ser humano: el coloso de cariño que a ambos protegía de cualquier inclemencia.

Habían superado esos días huracanados sumergidos en un mar de libros de apoyo, en una vorágine de cambios que afectarían a su estilo de vida. Esos individuos que tanto les estudiaban exigían hechos y no ideales, así que decidieron que sería Carlos quien trabajase fuera de casa, mientras montaban un despacho en una de las habitaciones vacías de la casa para que su otra mitad pudiese seguir diseñando edificios sin moverse de casa.

Cambiaron los locales más coloridos del centro de Madrid por el senderismo y los paseos al aire libre, apartaron de su lado a todo aquel que flirtease con las sensaciones fuertes salidas de un laboratorio y reservaron dos días a la semana para llenar la casa de gritos, bizcochos de chocolate y purpurina con sus tres sobrinos. La metamorfosis valía la pena. Si tenían que ser la pareja ideal para los ojos más rancios y exigentes, lo serían. Pero ahora todo eso se había acabado. La llamada de teléfono que había recibido esta mañana le había liberado por completo de la presión, de las apariencias conminadas y de las níveas fachadas opresivas.

Carlos llegaba al portal cuando, de repente, algo le impidió seguir caminando. Estaba aterrado. Cogió aire, empujó la pesada puerta de hierro y arrastró su cuerpo hierático hasta las escaleras. Uno, dos, tres… Veinticinco peldaños le separaban del torbellino. Miró con ternura el llavero que asfixiaba su puño derecho. Casitas encaladas de ese rinconcito de amor perdido en Mikonos. Tenía que entrar y contárselo, no podía esperar ni un segundo más.

Nada más cruzar la puerta de entrada, la música de Ed Sheeran procedente del estudio le envolvió el alma. Era el último concierto en el que habían estado juntos. Un bombazo de sensaciones le inundó las retinas. “Mantén la calma”, trató de tranquilizarse.

– ¡Carlos! Pero… ¿Tú no sales a las tres? ¿Qué haces tan pronto en casa? ¿Ha pasado algo?

– No, Pedro. Todo está bien.

– Ah, perfecto. Pues entonces, si te parece bien, aprovechamos y nos tomamos el aperitivo en esa terracita nueva de la esquina. ¿Te parece?

– Pedro…

El semblante circunspecto de Carlos le paralizó al instante. Dejó caer el lápiz con el que dibujaba y liberó sus manos para sostener las de su marido.

– Dime qué es lo que pasa.

– Pedro… Me acaban de llamar de la ECAI*. Por fin han aceptado nuestro expediente. Somos los nuevos padres de Sofía. Nos vamos a por ella a Plovdiv**.

No pudo seguir hablando. Las lágrimas que llevaba dos horas reprimiendo empezaron a brotar de sus ojos de mar. Pedro lloraba a su lado. Era tanta la alegría concentrada después de cinco años de lucha que creyeron que podrían inundar el piso, pero ya nada importaba. Acababan de culminar una cima que empezaban a dar por perdida y se sentían incapaces de reprimir un solo sentimiento. Los dos hombres se fundieron en un abrazo eterno. Si su relación había sido siempre una fortaleza indestructible sostenida por los pilares del amor, la prudencia y la comprensión, ahora su castillo tendría raíces, alas de ángel y besos de fresa. Ya eran una familia.
 

 

 

* ECAI: Entidad Colaboradora de Adopción Internacional.

** Plovdiv: ciudad ubicada en la zona central de Bulgaria.

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