¿Qué es una madre?

¿Qué es una madre? Qué difícil pregunta. No es un concepto que pueda describirse con un par de palabras. Cada madre es diferente de la de al lado. Las hay altas, bajas, rubias y morenas, con tacones o zapatillas de deporte. Todas son distintas, pero todas tienen algo en común: desde que se levantan hasta que se acuestan sólo tienen una cosa en mente: sus hijos.

Incapaz de generalizar, me centraré en la que conozco. La mía es esa mujer que luchó durante años contra las sábanas cada día de colegio. La de las normas, los castigos y las reprimendas. La que me ayudaba cada tarde a hacer unos deberes que, a veces, no comprendíamos ninguna de las dos. Quien corría a recogerme cada vez que me caía, me hacía una brecha o me rompía un brazo jugando a hacerme mayor.

Ella me preparaba los mejores disfraces y fiestas de cumpleaños, me cosía vestidos con lazos y esperaba durante horas en la calle mientras yo recibía clases extraescolares de inglés, baile español o cualquier otra cosa que se me antojase. Restauraba muebles, hacía manualidades y me llevaba a gritar consignas de justicia a cualquier manifestación que hubiese en el barrio.

la_fotoMi madre fue quien me leyó mis primeros cuentos, mis primeras poesías. Me enseñó a amar las palabras con concursos para ver quién recitaba más deprisa (y sin errores) los versos de Gloria Fuertes. Me compró mi primera colección de libros de aventuras, esa que aún conserva en una de las estanterías de su casa. Es la mujer que devoraba páginas ante mis ojos y determinó, sin saberlo, mi futuro, pues gracias a ella he vivido unos cuantos años juntando palabras.

No se las vuestras, pero la mía hace las mejores croquetas del mundo. No hay celebración que se le resista con platos tan sencillos como imposibles, manzanas con almíbar o tartas de galletas. Eso sí, también es quien te echa en el plato dos cucharadas más cuando le dices basta y quien te llena la nevera de tarteras deliciosas. Llévate estos filetes, que tengo, que te los lleves, que tengo, que he dicho que si, que no… Pues me los llevo.

Mi madre y yo discutimos mucho. Su manto protector siempre está en lucha con mi afán de superación en solitario. Llevo 36 años intentando salir adelante por mí misma de cualquier percance, pero en cada tropezón que he dado en esta vida (y van unos cuantos), en cada caída, en cada bache, siempre ha estado ella a mi lado.

Es la persona más generosa que conozco. Ha amado a su familia, ha respetado a personas que nunca le correspondieron y sigue regalando afecto a quien se atreva a darle su tiempo. Porque ella no es de amores a primera vista, no. Es desconfiada y tarda en entregarse, pero cuando lo hace es para siempre.

Creo que nunca le he dado las gracias por ser mi madre. Nunca le he dicho lo esenciales que han sido cada caricia suya, cada beso, cada desvelo y cada ceño fruncido. Nunca le he dicho que es el referente más importante de mi vida, que la necesito a mi lado y que espero que no se canse nunca de ejercer como madre.

Nunca le he dicho que, cuando nos peleamos por cosas absurdas o esenciales, también la quiero con locura. Nunca le he dicho que me enorgullezco de ella, de su fuerza, de cómo ha capeado los temporales que se han avecinado. Nunca le he dicho que, cuando yo fui madre, comprendí lo vital que ha sido su papel en mi desarrollo como persona. Nunca se lo he dicho, pero de hoy no pasa sin que se lo diga todo.

Mi madre se llama Pilar. Es alta, usa lentes progresivas y se empeña en alisar los miles de rizos rebeldes de su pelo ensortijado. Puede que se parezca a vuestras madres, pero esta es la mía y es única.

Feliz Día de la Madre, mamá. Te quiero.

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Pedacitos de luna

Recuerdo el día en el que alguien dejó esa puerta abierta. Había una luz al final del pasillo. Tenue, plomiza, pero una luz. Llevaba demasiado tiempo encerrado en mi cubículo como para desaprovechar la oportunidad de conocer qué es lo que había fuera. Allí había vivido bien, sí, el entorno era cálido, me alimentaban a diario y siempre tenía compañía; sin embargo me faltaba algo. Creo que necesitaba avanzar hasta un nivel superior.

Ese día, estoy seguro de que era un jueves, la puerta se abrió. Esta vez no fue para dar paso a otros como yo, sino para permanecer entreabierta durante horas. Muchas veces me había preguntado cómo sería el mundo ahí fuera, y ahora podía comprobarlo por mí mismo.

Avancé temeroso entre las sombras expectantes, atravesando otros cubículos, cada uno de un tamaño diferente al anterior. Algunos de sus habitantes llevaban allí años, otros acababan de llegar, los había enormes y diminutos, pero ninguno se parecía a mí.

Seguí de frente, hacia lo desconocido. Según iba avanzando, la luz se iba haciendo cada vez más brillante. Entonces empecé a flotar. Una fuerza sobrenatural me elevaba e impulsaba, grácil y elegante, hasta el fulgor destellante del círculo perfecto. Me cegó por completo y no pude ver cómo… ¡Paf! Me había quedado pegado justo al lado de una mujer desdibujada.

– ¿Qué ha pasado? ¿Qué es esto?-, le pregunté asustado.

– Vaya, otro novato.

La verdad, no me esperaba una bienvenida con guirnaldas y orquesta, pero tampoco aquella hostilidad.

– No te preocupes, te despegarás en cuanto tu dueña te haga realidad-, me soltó de golpe.

– ¡Pero yo ya soy una realidad!-, protesté.

– No te equivoques. Estás aquí como el resto, creciendo para convertirnos en la mayor de las sonrisas de alguien. Eres un sueño, como todos nosotros, y acabas de llegar a casa. Mira -prosiguió-, allí está Conocer París, un poco más allá tienes a Pony Blanco y, junto a ella, Aprobar Selectividad. Yo soy Vestido de Novia, una veterana.

Vestido de Novia me explicó que todos los sueños tenemos que recorrer un camino muy largo hasta hacernos realidad y, mientras tanto, cumplimos la mayor de las misiones para que los humanos sigan generando nuevas ilusiones. Nacemos en su cabeza y vivimos allí hasta que estamos maduros. Entonces alguien abre la puerta y nos convertimos en pequeños pedacitos de luna. Tenemos que permanecer muy juntos para adherimos bien y no caer de nuevo a la Tierra. Así hasta formar, entre todos, el círculo perfecto, lo que ellos llaman luna llena, la magia que permite que nos convirtamos en realidad.luna-llena

Cada vez que uno de nosotros se convierte en un hecho, se desprende de la luna y busca una nueva ubicación, en otra mente, en otro cuerpo. Y la gran lentejuela reluciente se va vaciando por completo.

Yo me caí ayer. Supongo que mi dueña por fin ha conseguido Recorrer Australia, pues así es como me llamo. Me han dicho que tengo que ocupar otro cubículo, esta vez en la cabeza de un hombre moreno al que llaman H. Sólo tiene una inicial y es muda, pero, como yo, no necesita más nombres para saber que realmente existe. Porque ahora se que los dos seremos parte de la próxima luna llena.

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Lágrimas para Esperanza

Lágrimas para Esperanza.

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Lágrimas para Esperanza

Nadie la había visto llegar pero allí estaba, inmóvil, sentada en una esquina de la plaza. La frente doblegada, los ojos a la deriva. Sus ropas ajadas, aunque impolutas, rozaban tanto el suelo como la punta de unos dedos insignificantes que se abrían paso entre las cinchas de sus sandalias. Dos tiras de petróleo trenzadas hacia la nuca reverberaban los rayos de sol y cegaban a los curiosos. Y su tristeza, la más intensa que nadie hubiese visto jamás, era tan hechizante que todo el que pasaba por delante frenaba en seco sólo para poder contemplar a la chica desconocida.

Algunos seguían su camino después de observarla sin tapujos, mentes inmersas en cotidianeidades, aspirantes a necios armados con anteojeras. Otros, los menos, se acercaban temerosos, como si la chica de las trenzas pudiese levantar el rostro y clavarles la mirada hasta matarles. Y, en cuestión de segundos, todos desaparecían de nuevo sin haber hablado siquiera con ella, con una sonrisa en la boca y ajenos a los ríos de pena que derramaban las pupilas de la muchacha.

Tenía las manos escondidas en el regazo cuando él la vio. Sostenía algo con tanta fuerza que sus tendones parecían más robustos que el propio brazo. No tardó en reconocer el envase de latón deslucido que, como si de un imán se tratase, le había polarizado muchos años atrás. La misma caja y la misma chica que le hipnotizaron en el pueblo que le había visto crecer. La misma persona y el mismo objeto que habían sido últimos testigos de su huída, del inicio de una nueva vida libre de ataduras y cargada de ilusiones.

Cerró los ojos por un segundo y se encontró de nuevo entre casas encaladas y buganvillas. El ruido de los caños de la fuente, las campanas de la iglesia, su madre sudando los productos de la huerta, su padre ralo y ajumado, los chiquillos en la plaza armados con tirachinas y vocablos lacerantes. Había jurado no volver a pensar en el pueblo ni en todo lo que dejó atrás. Pero ella le había empujado al pasado. A ese pasado que no quería recordar.

Tenía 16 años cuando escuchó a las mujeres que volvían del mercado que una niña misteriosa había parado a descansar junto a la fuente. Que llegó sola, que no hablaba, que tampoco pedía, pero que todo el que se le acercaba volvía a casa con las preocupaciones de un recién nacido. Contaban que poseía el don de atrapar las penas de cualquiera que mirase sus ojos de ratón, que su alma se impregnaba de la tristeza y las lágrimas del curioso de turno dejaban de atormentarle para traspasar los cuerpos y empañar las pestañas de la niña. Decían que guardaba cada gota en su caja de latón y allí encerraba los desvelos y desazones.

Era lo que él llevaba esperando tanto tiempo. Años de ojos morados y cinturones tatuados, meses de ruindades y desprecios, días de miedos e hipos silenciosos, horas contritas y minutos eternos. Tenía que ir a verla, aunque sólo fuese por decir que, por un momento, pudo haber tenido una vida.

Cuando llegó junto a la fuente ya había varias personas en fila para sentarse a su lado. A ninguno miró a los ojos. Se limitó a llorar junto a ellos, a absorber sus pesadumbres y a limpiar su rostro con la lata. Hasta que le tocó el turno a él.

– Hola. No quiero hacerte daño; sólo quiero saber si existe la felicidad. ¿Tú me puedes ayudar?-, recordó haberle dicho.

Fue la primera vez que ella levantó la vista. Le miró fijamente e hizo temblar cada músculo de su cuerpo con sus iris plomizos. Quería levantarse y salir corriendo, pero tenía las suelas ancladas al empedrado. Había pasado su corta vida viendo en los espejos el reflejo de un rostro empequeñecido por el horror. Pero cada poro de la niña albergaba más atrocidades de las que cualquiera pudiese imaginar.

Entonces ella bajó los ojos y él empezó a ver la luz del sol. Nunca hasta entonces había visto cuán azul era el cielo ni había sentido cómo calentaban los rayos de junio. Nunca había pensado que ese camino que se abría paso entre la jara pudiese llevar directo a la libertad. Sentía la necesidad de levantarse y empezar a caminar, y no puso objeciones a su alma.

Sin mirar atrás caminó cientos de kilómetros entre cardos y guijarros hasta toparse con un letrero descolorido: Esperanza. Entonces sintió por primera vez el cansancio y las vesículas purulentas de sus pies. A lo lejos, el pueblo al que hacía referencia el cartel. Una aldea con casonas coloridas y habitantes risueños, calles mansas y sueños factibles. Su nuevo hogar.

Allí había vivido hasta hoy. Allí había aprendido palabras tan vigorizantes como sosiego, amistad, cariño, ilusión y alegría. Sensaciones que nunca habría imaginado, placeres gratuitos que creía reservados para otros. Allí había aguardado paciente la llegada de esa niña con la que tenía una deuda pendiente. Y ahora la tenía a un palmo de distancia. Podía sentir el olor a azahar de sus cabellos y el azufre de sus uñas. Sabía que ella también le estaba esperando.

Se acercó con paso firme y volvió a sentarse junto a ella, como ya hiciese años atrás. Cogió sus manos y, con un simple gesto, le invitó a liberar la caja de latón.

– Ya has tenido suficiente; ahora me toca a mí. No te preocupes por nada, yo te voy a cuidar siempre. Te prometo que nunca volverás a llorar.-, le dijo.

Temblorosa, desentumeció los dedos sin atreverse a despegar las yemas de la tapa. Volvió a mirarle antes de que él abriese la lata y empezase a supurar todas las penas de la muchacha traspasadas a sus ojos. Pudo ver cómo su piel marchita se tornaba sonrosada y los ojos pasaban del gris al verde en cuestión de segundos. Ella entreabrió los labios y se sorprendió al notar una vibración en la garganta desconocida hasta el momento. Con la cabeza alta y el pecho firme, sus piernas torneadas se irguieron frente al hombre que le ofrecía una vida verdadera. Sabía que nunca volvería a llorar.

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David contra Goliat

Respiraba con dificultad mientras avanzaba por la calle de Alfonso XII con el alma en vilo y los zapatos arrebolados. “Mantén la calma, Carlos. Estas cosas no se cuentan por teléfono“, se convencía. A cada paso observaba esos dos pies que, aún desafiando la velocidad de los neutrinos, sentía pesados y torpes.

Es curioso cómo la vida de las personas puede cambiar en tan sólo un instante. A mediodía Carlos resoplaba hastiado de la rutina que le acompañaba desde hacía siete años como director del Museo Nacional de Antropología. Casa, trabajo, gimnasio, casa. Cada día era igual al anterior. Dos horas más tarde no sabía cómo sería el resto de su vida. Un abismo de incertidumbres y decisiones atropelladas acababa de surgir bajo sus pies. “Mantén la calma”, repetía. La llamada que acababa de recibir ponía el punto final a un lustro de puertas cerradas. Pero también era la llave mágica para una vida nueva.

Atravesaba El Retiro cuando echó la vista atrás. Fue en ese mismo parque, junto al estanque, donde todo había comenzado siete años atrás. Entre hojas caídas y percusionistas con rastas le había declarado amor ciego y sin medida a la persona que ahora le esperaba en casa, ajena a los cambios que se avecinaban. Estar a su lado era igual que el abrazo de una madre. Era dulce, cálido, espeso y reparador. Compartían deseos, aficiones, ideales, silencios y miradas.

Se casaron unos meses más tarde en el mismo parque, rodeados de amigos y pavos reales; entre fuentes, columnas de granito, olmos y pinos piñoneros. Y eligieron una de las calles aledañas para fijar su destino final: la culminación de su amor entre paredes de pladur y fotos enmarcadas. La casa en la que tenían pensado esperar la llegada de la canicie, los frunces en las manos y los deslustres físicos.

Poco tiempo después, las caricias y las ilusiones dieron paso a las noches despiertas, a las preguntas incómodas, a la infinita paciencia elevada a su máximo exponente. Individuos e instituciones externas que de nada les conocían ponían en tela de juicio sus actitudes, su comportamiento intachable, tus capacidades mentales, su autoestima, su genograma y su nivel de comprensión.

Empezó entonces una época de llantos ahogados sobre la almohada, de abrazos rotos, de dudas y temores. Un tiempo de inquisiciones, de miradas despectivas y fobias sin fundamento. Meses espinados de no querer e impedir ser querido, de cafés envenenados con desaires, meses que habrían podido convertirse en lanzas destructivas de no ser porque ambos estaban unidos por el arma más poderosa de todas cuantas haya podido inventar el ser humano: el coloso de cariño que a ambos protegía de cualquier inclemencia.

Habían superado esos días huracanados sumergidos en un mar de libros de apoyo, en una vorágine de cambios que afectarían a su estilo de vida. Esos individuos que tanto les estudiaban exigían hechos y no ideales, así que decidieron que sería Carlos quien trabajase fuera de casa, mientras montaban un despacho en una de las habitaciones vacías de la casa para que su otra mitad pudiese seguir diseñando edificios sin moverse de casa.

Cambiaron los locales más coloridos del centro de Madrid por el senderismo y los paseos al aire libre, apartaron de su lado a todo aquel que flirtease con las sensaciones fuertes salidas de un laboratorio y reservaron dos días a la semana para llenar la casa de gritos, bizcochos de chocolate y purpurina con sus tres sobrinos. La metamorfosis valía la pena. Si tenían que ser la pareja ideal para los ojos más rancios y exigentes, lo serían. Pero ahora todo eso se había acabado. La llamada de teléfono que había recibido esta mañana le había liberado por completo de la presión, de las apariencias conminadas y de las níveas fachadas opresivas.

Carlos llegaba al portal cuando, de repente, algo le impidió seguir caminando. Estaba aterrado. Cogió aire, empujó la pesada puerta de hierro y arrastró su cuerpo hierático hasta las escaleras. Uno, dos, tres… Veinticinco peldaños le separaban del torbellino. Miró con ternura el llavero que asfixiaba su puño derecho. Casitas encaladas de ese rinconcito de amor perdido en Mikonos. Tenía que entrar y contárselo, no podía esperar ni un segundo más.

Nada más cruzar la puerta de entrada, la música de Ed Sheeran procedente del estudio le envolvió el alma. Era el último concierto en el que habían estado juntos. Un bombazo de sensaciones le inundó las retinas. “Mantén la calma”, trató de tranquilizarse.

– ¡Carlos! Pero… ¿Tú no sales a las tres? ¿Qué haces tan pronto en casa? ¿Ha pasado algo?

– No, Pedro. Todo está bien.

– Ah, perfecto. Pues entonces, si te parece bien, aprovechamos y nos tomamos el aperitivo en esa terracita nueva de la esquina. ¿Te parece?

– Pedro…

El semblante circunspecto de Carlos le paralizó al instante. Dejó caer el lápiz con el que dibujaba y liberó sus manos para sostener las de su marido.

– Dime qué es lo que pasa.

– Pedro… Me acaban de llamar de la ECAI*. Por fin han aceptado nuestro expediente. Somos los nuevos padres de Sofía. Nos vamos a por ella a Plovdiv**.

No pudo seguir hablando. Las lágrimas que llevaba dos horas reprimiendo empezaron a brotar de sus ojos de mar. Pedro lloraba a su lado. Era tanta la alegría concentrada después de cinco años de lucha que creyeron que podrían inundar el piso, pero ya nada importaba. Acababan de culminar una cima que empezaban a dar por perdida y se sentían incapaces de reprimir un solo sentimiento. Los dos hombres se fundieron en un abrazo eterno. Si su relación había sido siempre una fortaleza indestructible sostenida por los pilares del amor, la prudencia y la comprensión, ahora su castillo tendría raíces, alas de ángel y besos de fresa. Ya eran una familia.
 

 

 

* ECAI: Entidad Colaboradora de Adopción Internacional.

** Plovdiv: ciudad ubicada en la zona central de Bulgaria.

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Corazones sin futuro

“Me voy a Escocia. Me quedan dos días de vida”. Con sólo diez palabras lapidarias garabateadas en un Post-It se despedía Marta de su compañera de piso y abandonaba Madrid con una mochila y su teléfono móvil como única compañía. Se preguntó si sería la última vez que vería ese cielo dorado quebrado a zarpazos de pájaros metálicos que se colaba cada amanecer por la ventana de su dormitorio. No podía perder ni un segundo.

Todo había empezado cuando de forma pueril, juguetona, introdujo su nombre y apellidos en un buscador de Internet para ver las coincidencias que había en el resto del mundo. Por alguna razón nunca lo había hecho, hasta ese día. “Marta Solé”, tecleó. Símbolos aleatorios en un universo virtual caprichoso. Sin embargo, no estaba preparada para lo que vendría después.

La pantalla se llenó de sombríos obituarios que, por alguna casualidad, estaban ordenados de forma cronológica. “Menudo resultado tétrico me ha tocado”, pensó.

1.- Martha Sole. Desaparecida en los bosques de Glen Clova (Escocia) y dada por muerta el 18 de octubre de 1512.
2.- Márta Sole. El 18 de octubre de 1612 fue ejecutada en Pálháza (Hungría) tras haber sido acusada de brujería por su propia familia.
3.- Marta Sole. Dormía cuando falleció en Nepi (Italia) el 18 de octubre de 1712.
4.- Марта Солэ. Asesinada en Omsk (Rusia) el 18 de octubre de 1812.
5.- Marthe Sole. Internada en un hospital de reposo de Lyon (Francia) hasta su suicidio, el 18 de octubre de 1912.

A punto estaba de cerrar la página cuando algo llamó su atención. Todas esas mujeres que llevaban su nombre y habían muerto en la misma fecha, pero con 100 años de diferencia, dejaron este mundo el día de su trigésimo cumpleaños. A Marta le quedaban dos días para cumplir los 30, justo el 18 de octubre de 2012. “A ver si voy a ser yo la siguiente”, pensó, esbozando una sonrisa escamada y apartando de su mente tan macabra casualidad.

Apagó el ordenador y salió de casa sin rumbo, su mente ya impoluta y refulgente. Las calles raídas de Madrid siempre le acogían como un amante esporádico, sin preguntas ni expectativas. Pero no había llegado a la esquina cuando un anciano envuelto en arambeles se chocó contra ella y le hizo parar en seco. Mirándole a los ojos, el hombre le ensartó en el alma un aviso impostergable. “Ya sabes lo que te espera. Vuela, niña, vuela. No pares hasta cambiar lo que la última de vosotras no pudo”. Y desapareció como había llegado, entre la luz del atardecer y las sombras desgastadas del centro.

La punzada que sintió junto al corazón le hizo volver sobre sus pasos. Siempre se había vanagloriado de ser una escéptica, recelosa de la veracidad de cualquier afirmación que careciese de prueba empírica suficiente. Pero algo le decía que esta vez era diferente. Volvió a casa y encendió el ordenador sin saber que estaba cambiando el rumbo de todos los acontecimientos posteriores.

Google, esa fuente inagotable de sabiduría para la mayoría de los mortales, legos e ignorantes, le reveló muchos datos acerca de Marthe Sole, la última de la lista. La hija de Marthe había alcanzado la fama con una novela cuya protagonista era una mujer desequilibrada, convencida de que una sorda maldición acechaba a todas las mujeres con su mismo nombre. Al parecer, la mujer descubrió cómo cambiar su destino demasiado tarde y pidió como última voluntad que grabasen su hallazgo en la lápida que la acogería al alcanzar la treintena. La portada del libro era una imagen de la tumba de Marthe, donde rezaba lo siguiente:

MARTHE SOLE
24.9.1882 – 24.9.1912
J’ai peur, mais quand faut y aller, faut y aller.
Je ne pas pu lutter contre le destin, toi n’arrête pas d’essayer. Si tous veux vivre, libère la première d’entre nous.

Nunca había estado tan contenta de que en el colegio le obligasen a aprender un segundo idioma a golpe de castigos fuera del horario escolar. Aunque oxidados, sus conocimientos de francés le permitieron leer: “Tengo miedo, pero si hay que partir, hay que partir. Yo no pude luchar contra el destino, tú no dejes de intentarlo. Si quieres vivir, libera a la primera de nosotras“.

“Me voy a Escocia. Me quedan dos días de vida”. Colgó el papelito en la puerta de su habitación y salió hacia el aeropuerto. Tenía que encontrar a Martha Sole, la mujer que había desaparecido en el bosque 500 años atrás. Abstraída en la cacería de respuestas desde su móvil, la espera junto a la puerta de embarque nunca había sido tan breve. En su mente ya no había trajín de maletas, conversaciones apagadas, azafatas uniformadas ni colas de pasajeros. Había visto una imagen de su próximo destino: el castillo de Glamis, lugar de residencia de su atávica homónima.

Escocia olía a días mojados y luchaba contra el cielo para abrirse paso entre las nubes. Sabía a mantequilla y regalaba los cuatro elementos: tierra, agua, mar y aire con una luminosidad plomiza que enamoraba desde el primer contacto. Era una noria de sensaciones abrigada en tartán de lana que desde el taxi ya dejaba entrever la diáspora de clanes, dinastías y reyes.

Respiró hondo. Había llegado a las puertas del castillo de Glamis y ocho torres de siete metros coronadas por almenas piramidales le daban una bienvenida inquietante. El largo camino de acceso, flanqueado por abedules y cardos, sólo sirvió para que se sintiese aún más abrumada por la belleza del edificio en forma de V. Un hogar que, a ella, se le antojaba estaba ofreciendo un abrazo a todo el que se atreviese a poner un pie allí.

Era tan temprano que sólo pudo encontrar al encargado del cuidado de los jardines. Ante la fanática insistencia de Marta, el hombre le llevó a la parte trasera del castillo. Juntos, en silencio, recorrieron un sendero oculto por el follaje hasta el lugar donde, bajo un árbol, estaban enterrados los restos de Lady Martha Glamis, nacida Martha Sole. “Aquí está su cuerpo, pero no su corazón“, le confesó el jardinero con su acento grave, de sonidos largos y vocablos irrepetibles.

Martha deseaba tener un descendiente varón que ofrecer a su esposo, pero los años iban pasando y su vientre permanecía yermo. El jardinero le susurró que fue el mismísimo Black Donald, el diablo, quien se presentó ante ella para ofrecerle un bebé a cambio de su corazón. Tal era la desesperación de Martha que aceptó, pero cuando tuvo al niño entre sus brazos supo que no podría cumplir su promesa. Esa vida regalada la necesitaba por encima de cualquier pacto porfiado. Pero el día del trigésimo cumpleaños de Martha, Black Donald se presentó en el castillo para cobrarse el negocio. Según la leyenda, la mujer huyó a caballo y atravesó 34 millas hasta refugiarse en los bosques de Glen Clova, donde se arrancó las entrañas y las escondió para que nunca fuesen del demonio. Él, encolerizado, maldijo a todas las mujeres que llevasen su nombre prometiendo que, cada 100 años, una de ellas debería entregarle su vida para compensar el desaire de Martha. “Hasta que su corazón no vuelva al castillo, la maldición perdurará”, sentenció el jardinero. Pero sólo las condenadas podrían encontrar el camino a la salvación.

Así fue como Marta se adentró en los bosques de Glen Clova, con más miedo que intriga. Las carreteras nubladas que le habían acompañado hasta entonces se convirtieron de repente en una explosión de colores verdes y marrones regados por un riachuelo que invadió por completo su alma. Le recordó a los ojos de alguien a quien había conocido hacía tiempo, en otra vida. Alguien a quien había amado sin medida cuando no sabía que le quedaban apenas unas horas de vida.

Jamás había puesto un pie en Escocia antes de ese viaje, pero, por alguna razón, sintió que conocía el camino. Cada piedra, cada manto de musgo, cada helecho salvaje le iba guiando en una ruta desesperada hacia lo imposible. O no. Hasta que la vio. Apenas tapada por unas coníferas y rodeada de dalias blancas en flor, era la única piedra que no encajaba dentro de ese ecosistema. Pálida, suave, delicada, casi desértica. Y en ella, escrito con la más pulcra de las caligrafías, alguien había grabado el acrónimo S.T.T.L. Sit Tibi Terra Levis (Que la Tierra te Sea Leve), la locución latina que los romanos cristianos usaban para evocar la angustia del cuerpo oprimido.

Era Martha. La había encontrado. Ahora podía cambiar el destino. Sólo tenía que levantar esa piedra y todo habría acabado. Como dijo el anciano, habría tomado las riendas de su vida. Ahora era ella, Marta Solé, la española, la última de la saga, quien decidía. Podía regalarle eterno reposo al corazón de la mujer o dejar que la maldición la atrapase a ella y a saber a cuántas más. Tanto poder en tan sólo dos manos enfundadas en guantes de piel.

Contempló la piedra durante horas, perdiendo por completo la noción del tiempo hasta que, por fin, con los dedos trémulos y el alma convulsa, levantó ese bloque níveo. Sólo entonces, al entrar en contacto con la roca, lo comprendió. No podía traicionar a Martha. Ella, la primera de todas, había burlado al peor de los consejeros y, aunque las hubiese condenado a todas, lo hizo para preservar la vida de aquello que sólo se puede amar con la más grande de las pasiones. Y allí, armada con el valor más afilado del planeta, unió su corazón al de Martha y se desvaneció.

El reloj de su muñeca marcaba la medianoche. Era 18 de octubre de 2012.

SIT TIBI TERRA LEVIS.

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Bienvenido a mi pequeño mundo

¡Hola!

Me llamo Eva y soy una cabeza rebosante de ideas que quieren materializarse en palabras. A veces lo consiguen y otras no, pero he decidido crearles este espacio acogedor para que se sientan cómodas y vayan formando su propio universo.

Sin más pretensión que el amor por las líneas mecanografiadas, te invito a que convivas con estas historias inconexas salpicadas de purpurina. Espero que, al menos, puedas lograr el fin más placentero que yo conozco: evadirte por unos minutos de tu propia realidad para viajar a otro lugar y vivir otras sensaciones.

Gracias por dedicarme tu tiempo.

Eva Suárez

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